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Josep Basart - Sénior de mes de verano

Conoce a Josep Basart – SÉNIOR DEL MES

Este mes de julio y agosto hemos querido detenernos en una de esas historias que nos recuerdan que el verdadero legado de una persona no siempre se mide por lo que consigue, sino por las vidas que ayuda a transformar. Una historia de compromiso, de educación, de solidaridad y de la convicción de que escuchar, acompañar y confiar en los demás puede cambiar el rumbo de muchas personas. Porque hay historias que inspiran sin hacer ruido y que, como solemos decir en CLUB65, merecen ser contadas en nuestro apartado Sénior del Mes, el espacio donde damos voz a quienes son el verdadero corazón de nuestra comunidad.

Josep Basart ha dedicado buena parte de su vida a acompañar a niños y jóvenes con dificultades de aprendizaje, convencido de que detrás de cada reto siempre existe un enorme potencial por descubrir. Ese mismo compromiso le llevó también a impulsar proyectos solidarios en Gambia, una experiencia que transformó para siempre su manera de entender la vida, la dignidad y el valor de caminar junto a las personas, nunca por delante de ellas.

Hoy sigue compartiendo conocimiento, promoviendo el encuentro entre personas y demostrando que nunca es tarde para seguir aprendiendo, ayudar a los demás y construir una sociedad un poco mejor.

Mirar más allá de las dificultades

En tus últimos años profesionales trabajaste con jóvenes con dificultades de aprendizaje y otros retos educativos. ¿Qué te enseñó esa experiencia sobre la importancia de acompañar, escuchar y confiar en el potencial de cada persona?

Acompañar a niños, adolescentes y jóvenes con dificultades de aprendizaje me ha enseñado lo fuertes y valientes que son. No lo tienen fácil en ningún entorno. En la familia, a menudo son niños y niñas que no siguen un comportamiento “esperado”: son inquietos, movidos, despistados o tienen dificultades para expresar lo que sienten.
En la escuela son quienes no consiguen seguir el ritmo y, muchas veces, interrumpen la clase (pensemos en los niños y niñas con hiperactividad), discuten lo que se les dice o preguntan qué tienen que hacer porque no han entendido lo que leen. Sus relaciones con otros niños también suelen ser complejas o incluso difíciles, porque no encajan en el grupo y con frecuencia quedan aislados.

Trabajar con ellos me ha enseñado lo importante que es escucharlos, comprenderlos y buscar mecanismos y estrategias que les ayuden a gestionar estas situaciones. Y lo que he comprobado, en todos los casos, es que mejoran, aprenden y desarrollan una gran resiliencia. Muchos de ellos llegan a conseguir aquello que desean.

Por eso puedo decir que la palabra “fracaso” no existe. Son ejemplos de superación personal y social que nos demuestran que, cuando los acompañamos de forma positiva y desde una visión integral, pueden construir una vida más equilibrada y alcanzar su propio éxito personal.
Me han enseñado que nunca hay que renunciar a nada y que las dificultades deben convertirse en retos… e ir a por ellos.

Cuando ayudar también te transforma

Durante varios años impulsaste una ONG que llevaba material y medicamentos a hospitales y escuelas de Gambia. ¿Qué aprendiste de aquella experiencia y cómo cambió tu manera de entender la vida y las prioridades? 

Quienes vivimos en el primer mundo solemos pensar que lo que tenemos es lo habitual para la mayoría de la población del planeta. Y no es así.

Recuerdo mi primer viaje a Senegal. Fue un auténtico impacto en todos los sentidos: emocional, social, económico, de valores y, sobre todo, de dignidad.
Y hablo de dignidad porque, aunque la pobreza es la realidad cotidiana, viven o sobreviven con una dignidad que nosotros hemos perdido.

Los pueblos alejados de la civilización y de la modernidad, lejos de la tecnología, con una economía que apenas permite resolver problemas y con un acceso muy limitado al conocimiento y a la educación, poseen una dignidad personal que da una auténtica lección a quienes vivimos en el primer mundo.

Son personas que se sienten personas y que no están dispuestas a ser consideradas de segunda categoría.
Fue entonces cuando entendí que la caridad no es el camino. Lo importante es luchar junto a ellos para salir de la situación de pobreza en la que viven.

No se trata de resolver nosotros sus problemas, sino de hacerlo con ellos. Juntos debemos encontrar las mejores respuestas para que puedan mejorar su calidad de vida y aumentar sus oportunidades.
En todos y cada uno de los viajes que realicé a Senegal y Gambia trabajamos con esa actitud.

Aprendí a valorar la vida de una manera mucho más sencilla y comprendí que las enormes desigualdades que existen entre unas partes del planeta y otras son responsabilidad de todos, pero especialmente de quienes vivimos en el primer mundo y nos beneficiamos de quienes no tienen nada.

No me considero el salvador de nadie, pero sí una persona que valora profundamente a las personas y que cree que el sistema de globalización es destructivo.

Lecciones que no se olvidan

Explicas que Gambia fue una auténtica escuela de vida para ti. ¿Hay alguna historia, persona o momento vivido allí que te haya marcado especialmente y que todavía recuerdes hoy?

Recuerdo especialmente a Omar, una persona nacida en Gambia. Primero fuimos colaboradores y, con el tiempo, amigos.
Cuando viajábamos a su país, era él quien me explicaba cómo vivían, cuáles eran sus costumbres y sus tradiciones.
Con una tranquilidad admirable, siempre me decía que todo lo que nosotros hacíamos no serviría de nada si ellos mismos no asumían el liderazgo del cambio y hacían el esfuerzo necesario para transformar su propia realidad.
Omar tenía la mirada africana: ayúdame, pero primero déjame participar en mi propio cambio.

Nuestra amistad terminó durante la pandemia, cuando no pudo superar la enfermedad. En su funeral, su familia quiso que yo estuviera presente. Es algo que nunca olvidaré.
Gambia también me permitió conocer de primera mano todo lo que supuso la esclavitud. Visité los lugares donde encerraban a las personas antes de embarcarlas rumbo a América.
Cuando pisas esos espacios llenos de sufrimiento, parece que puedas escuchar sus voces y sentir el miedo que reflejaban sus miradas.

Fue una experiencia que me marcó profundamente.

Compartir para crecer

A lo largo de tu vida has combinado la educación, la cooperación y el compromiso con las personas. ¿Qué papel ha tenido el voluntariado en tu trayectoria vital? ¿Animarías a otras personas sénior a involucrarse en algún proyecto solidario?

El voluntariado me ha permitido actuar con libertad, sin condicionantes económicos ni políticos.
Poder decidir qué hago, cómo lo hago y con quién lo hago me ha permitido preguntarme constantemente si lo que hacía respondía únicamente a una necesidad personal o si realmente contribuía a mejorar, aunque fuera un poco, el mundo en el que vivimos.

Con la perspectiva que dan el tiempo y la edad, estoy completamente convencido de que siempre elegí hacer aquello que realmente quería hacer, de la manera en que quería hacerlo y con las personas con las que quería compartirlo.
No tengo ninguna duda.

Es cierto que, en ocasiones, encontré personas que buscaban protagonismo político o algún beneficio personal. Una vez identificadas, bastaba con apartarse de ellas.
Sí, recomendaría hacer voluntariado.
Quizá no sea necesario viajar a países donde las condiciones personales pueden ser muy duras.

Aquí también existen numerosas entidades, asociaciones y fundaciones que trabajan con personas de todas las edades y circunstancias y donde cualquiera puede colaborar de muchas maneras.
Lo recomiendo sin ninguna duda.

El valor de compartir el tiempo

Comentabas que una de las ideas que surgieron gracias a CLUB65 fueron los desayunos con amigos, un espacio para conversar y compartir. ¿Qué importancia tienen para ti las relaciones humanas y esos momentos de encuentro en esta etapa de la vida?

Las relaciones humanas son imprescindibles a cualquier edad. No estamos hechos para vivir solos.
Necesitamos un grupo: la familia, los amigos, los vecinos, los compañeros, la comunidad, el barrio, el pueblo… lo que sea.

Vivir y compartir el tiempo con otras personas nos aporta estabilidad emocional y social.
A partir del momento en que dejamos de trabajar, el riesgo de la soledad aumenta.

Por eso creo, y procuro aplicármelo a mí mismo, que encontrar momentos para estar con los amigos de toda la vida, con la familia o con las personas con las que compartimos aficiones o actividades es totalmente necesario.

Sentirse parte de un grupo, grande o pequeño, nos ayuda a seguir viviendo.
Para mí, compartir un desayuno informal con los amigos de la infancia, jugar un partido con mis compañeros veteranos de tenis de mesa o disfrutar de una comida o una cena con mi mujer y mis hijos me da fuerzas para seguir levantándome cada día.

La soledad se combate estando con personas con las que te sientes a gusto.
Actualmente también imparto conferencias sobre historia y filosofía adaptadas a personas mayores que, en muchos casos, no pudieron acceder a estudios superiores. ¡Y están teniendo un éxito que no esperaba!

Además, formar parte de CLUB65 me ayuda a descubrir que tengo muchas más cosas en común con otras personas de las que imaginaba y, además, me aporta ideas para hacer nuevas actividades.

Un poco más sobre ti

 

 

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