Este mes de septiembre queremos poner el foco en una de esas historias que nos recuerdan que cumplir años no significa ir cerrando etapas, sino también abrir otras nuevas. Una historia de curiosidad, aprendizaje, compromiso y ganas de seguir aportando, que reivindica una forma de hacerse mayor alejada de estereotipos y llena de posibilidades. Porque la experiencia no debería ser nunca un motivo para pasar a un segundo plano, sino un enorme capital que compartir con los demás. Y precisamente esas son las historias que queremos contar en nuestro apartado Sénior del Mes, el espacio donde damos voz a quienes son el verdadero corazón de nuestra comunidad.
Después de toda una vida vinculada a la educación, Núria Pedrós afronta la jubilación como el comienzo de una nueva aventura: una etapa en la que seguir aprendiendo, escribiendo, investigando y poniendo su experiencia al servicio de los demás. Su trayectoria continúa muy ligada a la pedagogía y a los proyectos sociales y culturales y, actualmente, sigue también al frente de N.N.P.P., una ONG dedicada a acompañar a niños y familias que atraviesan situaciones emocionales y sociales complicadas.
A sus 65 años, Núria tiene claro que hacerse mayor no significa tener menos ilusiones, sueños o proyectos, y defiende la necesidad de romper con el edadismo y con esa mirada que tantas veces asocia cumplir años con el declive o la pérdida de capacidades. Su filosofía podría resumirse en una idea sencilla pero poderosa: no ponerse fecha de caducidad. Porque mientras conservemos la curiosidad, las ganas de descubrir y motivos para levantarnos cada mañana, siempre habrá nuevas puertas por abrir y nuevos caminos por explorar.
La jubilación como un nuevo comienzo
¿Qué significa para ti hacerse mayor y qué crees que todavía podemos aportar a la sociedad después de los 65 años?
Para mí, jubilarme significa que la etapa laboral ha terminado y que toda la estructura vital que giraba a su alrededor, también. Pero, al mismo tiempo, cumplir 65 años es tomar conciencia de que comienza la última gran aventura de mi vida: hacerme mayor. Tengo la gran suerte de llegar a ella con energía, salud e ilusión, acompañada de un buen bagaje de conocimientos, vivencias y aprendizajes. Todo ello me permite mirar al futuro con la misma curiosidad de siempre, pero desde una perspectiva diferente, más serena. Jubilarse no significa dejar de hacer cosas, sino hacerlas de otra manera y, por qué no decirlo, a otra velocidad (¡que ya toca!).
No creo que a los 65 años pase a la reserva, sino que abro una puerta a nuevas posibilidades. Las personas sénior quizá ya no tenemos las mismas obligaciones ni los mismos ritmos, pero aportamos criterio, memoria, reflexión, capacidad de escucha y mucha experiencia humana. Podemos seguir enseñando, aprendiendo, emprendiendo, creando, cuidando y haciendo de puente entre generaciones.
Y contamos con el mejor aliado: el tiempo. Tiempo para nosotros y tiempo para ponerlo al servicio de los demás. La edad no es ningún límite, sino la oportunidad de poner nuestro saber al servicio de la comunidad. La sociedad no puede permitirse el lujo de prescindir de todo este capital humano; al contrario, debería celebrarlo y aprovecharlo mucho más.
Romper los estereotipos
¿Qué crees que todavía no entiende la sociedad sobre las personas sénior? ¿Qué estereotipos deberíamos romper?
Aunque se han dado pasos adelante, todavía existe una mirada demasiado limitada sobre lo que significa ser sénior, ¡y a veces esa mirada la tenemos nosotros mismos! Con demasiada frecuencia se asocia la edad al declive, a la dependencia o a la incapacidad de aprender, adaptarse o innovar.
Aquí es donde se manifiesta el edadismo: la discriminación o los prejuicios hacia las personas basados exclusivamente en la edad. Hay que cuestionar esos clichés cotidianos que confunden cumplir años con hacerse viejo, que equiparan los pequeños olvidos con el deterioro cognitivo o que asocian disponer de más tiempo con la lentitud a la hora de actuar. Asimismo, debemos rechazar la infantilización: ¡basta de hablarnos como si fuéramos niños o desde una condescendencia bienintencionada! Tenemos voz propia, gustos, plena autonomía y capacidad para decidir sobre nuestras vidas.
Tener más años no significa tener menos ilusiones y sueños. No quiere decir jubilarse de la vida, sino reiniciarla con más bagaje. Yo misma soy un ejemplo: después de una vida dedicada a la educación, sigo investigando, escribiendo y buscando retos. Hace unos meses recibí el Premio de Reconocimiento al Emprendimiento de Montgat, y este año he publicado el libro Montgat desaparegut, además de seguir escribiendo y trabajando en nuevos proyectos sociales y culturales.
Siempre hay nuevas puertas por abrir. Dejemos de preguntarnos qué podemos hacer los mayores y empecemos a preguntarnos qué queremos hacer si nos damos (y nos dan) la oportunidad.
Aprender no termina nunca
¿Qué papel tiene la curiosidad en tu vida y por qué crees que nunca deberíamos dejar de aprender?
La curiosidad ha sido mi principal motor. Si perdemos la curiosidad, nos detenemos, y en esta vida, cuando no se avanza, se retrocede.
Mi trayectoria siempre ha estado vinculada a la educación, pero yo me he educado viviendo: he aprendido de los niños, de los maestros, de las familias, de los libros y de la gente extraordinaria que me he ido encontrando por el camino. ¡Y sigo teniendo la misma hambre de aprender!
Ahora bien, aprender ya no significa necesariamente ir a la universidad a buscar un título (que también). Aprender es una actitud ante la vida: es cultivar hábitos que nos hagan bien al cuerpo, al alma y al cerebro para mantenernos conectados con el mundo. La curiosidad es la auténtica fuente de la juventud interior. Mientras tengamos preguntas, tendremos ganas de buscar respuestas; y mientras busquemos, seguiremos bien vivos y activos.
Un mensaje para toda una generación
¿Qué les dirías a las personas que creen que, después de los 65 años, ya quedan pocas cosas por descubrir, aprender o aportar?
Les diría que no se pongan fecha de caducidad, porque los 65 años son una línea imaginaria que solo existe si nosotros decidimos dibujarla. Muchas veces la edad es solo un fantasma que tenemos en la cabeza.
Quizá no hagamos las mismas cosas que a los 30 o a los 40 años, pero podemos hacer otras nuevas… ¡y muchas de ellas mucho mejor! Ahora tenemos la experiencia y la perspectiva para saber qué es realmente importante. Les haría una pregunta: ¿Qué harías si no tuvieras miedo de empezar de nuevo? Y después les diría: ¡adelante!
No hace falta hacer grandes revoluciones; basta con atreverse con aquello que se fue posponiendo. Leer aquel libro, hacer aquel viaje, aprender un idioma, tocar un instrumento, hacer voluntariado, disfrutar de los amigos y la familia, tener esa pequeña charla de café con las vecinas o, simplemente, mirar la realidad con otros ojos.
Y, por supuesto, ¡cuidarse por dentro y por fuera! Hay que cuidar la estética siguiendo al pie de la letra la máxima de limpios y arreglados; dormir bien, comer de forma equilibrada, caminar, meditar y huir del estrés de esta sociedad acelerada. Cuidar nuestra salud es la mejor manera de mantenernos proactivos y conservar nuestra autonomía y, de paso, ¡ahorrarles un buen dolor de cabeza a nuestros hijos!
Seguir aportando
¿Qué proyectos o ilusiones te gustaría seguir desarrollando en los próximos años y cómo te gustaría seguir aportando a la sociedad?
Quiero seguir haciendo lo que da sentido a mis días: educar, aprender, escuchar, escribir y estar cerca de las personas. Y disfrutar de mi gente, de mis amigos y amigas, de mi familia y, especialmente, de mi marido —¡con quien llevamos casi medio siglo compartiendo la vida!—, de mis hijas y yernos y de mi futura nieta.
Seguiré vinculada a la pedagogía, la divulgación y la escritura, dando forma a nuevas ideas. Además, seguiré al frente de N.N.P.P., la ONG de acompañamiento a niños y familias en situaciones emocionales y sociales complicadas, una labor que me proporciona enormes satisfacciones y me mantiene con los pies en la tierra.
Tengo la intención de seguir abriendo puertas y explorando caminos. Porque envejecer bien no es solo ir sumando velas a la tarta, sino seguir teniendo motivos para saltar de la cama cada mañana con ganas de ver qué sorpresa nos tiene preparada el día.



