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Fernando Rueda: «En espionaje no es fácil saber quién es traidor y quién leal»

Fernando Rueda es uno de los grandes conocedores del espionaje en España. Periodista de investigación, doctor en Periodismo y autor de una extensa obra sobre los secretos del poder, lleva más de treinta años analizando el trabajo de los servicios de inteligencia, tanto en libros de referencia como en medios de comunicación. En No me llames traidor, Rueda traslada toda esa experiencia a la ficción a partir de un caso real y poco conocido: el del único espía español acusado de trabajar para Rusia. Hablamos con él sobre el precio de la traición, el lado más humano de la inteligencia y la dificultad de distinguir al héroe del culpable.

No me llames traidor parte de un caso real poco conocido. ¿Qué fue lo que más te desconcertó al investigar esta historia?

Yo conocía el caso porque lo viví de cerca cuando trabajaba en la revista Interview. Hubo un elemento concreto que me empujó a escribirlo: se trata de un hombre condenado por traición, es decir, de ser un espía. Hasta hoy sigue defendiendo su inocencia y asegura que nunca cobró nada de los rusos.

Llega un momento en el que la historia que quiero contar es esta: ¿y si hubo una conspiración?, ¿y si realmente no fue culpable? Pero entonces me doy cuenta de algo más: de la historia del servicio secreto cuando descubre que tiene un traidor en sus filas. Ellos no dudan de que existe un traidor, pero se enfrentan a un problema enorme: cuentan con 3.500 agentes entrenados para mentir, manipular y hacerse pasar por otras personas. ¿Cómo descubres, entre todos ellos, al culpable?

Al entrelazar ambas historias —dos visiones de una misma realidad— me doy cuenta de algo clave: en las dos hay mentiras. Y entonces siento la necesidad de añadir una tercera mirada: la del periodista, el que investiga y trata de situarse en esa frontera difusa que separa al traidor del hombre leal.

— En la novela se habla de lealtad, traición y zonas grises. ¿Alguna vez has sentido que contar la verdad tenía un precio personal?

Siempre. En el mundo en el que me he movido toda la vida, el de los servicios secretos, hay una cualidad esencial: el silencio. Yo, en cambio, me he formado en el periodismo de investigación, que consiste precisamente en lo contrario: descubrir secretos y contárselos a la ciudadanía.Eso me ha llevado a chocar de manera permanente con los servicios secretos. Esa tensión ha sido una constante en mi vida.

En este libro me ocurrió algo muy significativo. Yo siempre trabajo igual: documento, investigo, profundizo. Mientras escribía la novela, había algo del protagonista real que no me encajaba. Volví a investigar y descubrí que yo había publicado un libro que, treinta años antes, había causado un daño a esa persona sin que yo lo supiera. Ahí te das cuenta de cómo funciona este mundo: yo hice lo que creía que debía hacer; ellos hicieron lo suyo. Así es el espionaje.

— El protagonista, Beto Romero, es un personaje lleno de contradicciones. ¿Qué retos plantea un personaje así?

Creo que la esencia de la novela está en explorar la condición humana. En ese sentido, me siento mucho más cerca de John le Carré que de Ian Fleming.

He escrito muchos libros de investigación, donde lo importante es el dato. Pero la novela te permite construir personajes, mostrar quiénes son por dentro, reflejar perfiles humanos que yo he conocido durante más de treinta años. Y Beto Romero tiene muchas aristas: para algunos es un traidor; para otros, el hombre más leal. Es un gran agente, pero nunca sabes si puedes fiarte de él. Eso, para un escritor, es un reto maravilloso. Ni siquiera yo intento establecer un juicio definitivo. Creo que debe ser el lector quien decida. Julia Navarro lo explicó muy bien el día de la presentación: decía que en un momento el personaje le parecía admirable y, quince páginas después, le resultaba insoportable. Y eso es la vida real.

Siempre he estado rodeado de espías. Muchos han acabado en la cárcel, otros han sido reivindicados. Yo prefiero esos personajes complejos y contradictorios. Los personajes planos me aburren profundamente.

— El espionaje suele mostrarse en el cine y las series de forma muy idealizada. ¿Qué aspecto humano se malinterpreta más?

Dos cosas: la mentira y las relaciones personales. La mentira está socialmente castigada, pero en un agente secreto no puedes juzgarla con ese baremo. Mentir es parte de su trabajo: les entrenan para manipular, persuadir, engañar. Un agente que no sabe mentir no sirve para el trabajo operativo. Hoy hablamos mucho de satélites y tecnología, pero el espionaje humano sigue siendo fundamental. Y ahí la mentira es una herramienta básica.

El otro gran malentendido son las relaciones personales. Son extremadamente complejas. El CNI, por ejemplo, tiene uno de los índices de separaciones más altos de cualquier organización. No es casual: llegas a casa y no puedes contar qué has hecho ni qué te preocupa. Eso genera personas compartimentadas, con zonas de luz —los compañeros— y grandes zonas de sombra —la pareja, los amigos, la familia—. Ahí es donde el mito del espía se desmorona.

— ¿Crees que el lector sénior entiende mejor este tipo de historias de espionaje y política?

La generación de los años ochenta creció con James Bond, pero también con John le Carré o Graham Greene. Venimos de una cultura basada en la desconfianza, que es clave en el espionaje. Hoy lo vemos en conflictos como Ucrania o Oriente Próximo: sin inteligencia previa, nada de eso sería posible. Para quienes han convivido con esa lógica durante décadas, estas historias no son abstractas, forman parte de su experiencia vital.

— ¿Somos hoy más ingenuos o más conscientes del poder y los servicios de inteligencia?

Es una mezcla. Al servicio secreto español le ha gustado siempre que la gente piense que son poco menos que unos “Mortadelos”. Cuanto menos se piensa en ellos, más libertad de acción tienen. La realidad es que el nivel de intromisión es enorme: cámaras, móviles, huellas digitales, datos. Todo eso siempre ha existido, pero ahora es absoluto. Quizá preferimos no pensarlo demasiado porque no podríamos vivir obsesionados. En esa negación hay ingenuidad, pero también autoprotección.

— Empezaste analizando documentos en papel y hoy hablas de ciberespionaje y algoritmos. ¿Ha cambiado la esencia del espionaje?

La esencia ha cambiado menos de lo que parece. A finales del siglo XX se apostó por la tecnología para evitar poner personas en riesgo. Y entonces llegó el 11‑S y descubrieron que Bin Laden no usaba móvil. Transmitía mensajes de viva voz. Desde entonces se entiende algo fundamental: la tecnología es clave, pero el espionaje humano es insustituible. Para infiltrarse en una organización terrorista o criminal no hay alternativa a convivir con ellos. Eso es lo que cuenta No me llames traidor.

— ¿Cómo ha evolucionado el CNI desde La Casa hasta hoy?

La percepción pública sigue marcada por los errores. Pero lo interesante es entender cómo funciona realmente: es una organización muy potente, pero formada por seres humanos. Y los seres humanos se equivocan. A veces no cuidan bien a sus propios agentes, a veces los abandonan, a veces fallan. A mí me interesa contar esa realidad: la caza del topo, la desconfianza interna, la presión psicológica. Todo eso me parece fascinante porque habla de personas, no de héroes.

— En la era de las fake news y la inteligencia artificial, ¿qué recomiendas a los estudiantes de comunicación?

Siempre digo lo mismo: las fake news no existen. Si una información es falsa, no es una noticia. Una noticia es algo verdadero, contrastado y demostrable. La desinformación siempre ha existido. Cambia el nombre, pero no el mecanismo. La lección es clara: no se puede publicar nada que no esté verificado. La responsabilidad última no es del que miente, sino del que no comprueba.

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