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Javier García Campayo ofrece las claves para liberarnos del sufrimiento inútil

El Dr. Javier García Campayo, reconocido Catedrático de Psiquiatría en la Universidad de Zaragoza y una de las voces más autorizadas en Mindfulness, nos presenta su nuevo libro, “Adiós al sufrimiento inútil”. Con una extensa labor investigadora y una nutrida bibliografía que incluye títulos como Vacuidad y no-dualidad, Mindfulness y ciencia y La ciencia de la compasión, el Dr. García Campayo nos ayuda a desgranar la diferencia crucial entre el dolor inevitable —inherente a la existencia humana— y el sufrimiento evitable que generamos con nuestros propios pensamientos. En esta obra, explica cómo herramientas como el enfoque en valores, la aceptación y las técnicas de Mindfulness pueden transformar las crisis existenciales en un nuevo significado y liberar hasta el 80% de la angustia mental innecesaria.

¿Podría explicarnos la diferencia entre “dolor inevitable” y “sufrimiento inútil”?

El dolor inevitable es consustancial a la existencia humana y no podemos cambiarlo: la vejez, la enfermedad o la muerte, tanto propia como de nuestros seres queridos nos generan este sufrimiento. El sufrimiento inútil (o evitable) se relaciona principalmente con cómo procesamos lo que ocurre. Esto es modificable y se estima que constituye el 80% de nuestros pensamientos. Se trata de centrarnos en cómo interpretamos la vida, ya que la vida es una interpretación, para así aprender a sufrir menos.

Uno de los tipos de sufrimiento que usted aborda es el existencial, que tiene que ver con la búsqueda de sentido, aceptación de las adversidades… A partir de los 60 años debemos afrontar temas como la jubilación, la pérdida de roles, la aceptación de la vejez. ¿Qué herramientas tenemos para transformar estas crisis en un nuevo significado?

Las generaciones anteriores, incluso en circunstancias más adversas, solían ser más felices, en parte porque tenían un claro sentido de la vida (creencias espirituales, religiosas, etc.), lo que permitía dar sentido al sufrimiento y hacerlo más fácil de gestionar.

Actualmente, la psicología acepta que la falta de un claro sentido de la vida dificulta la felicidad. Por eso, se anima a hacer prácticas como ir al final de nuestra vida imaginariamente para preguntarnos: ¿Qué sentiremos que fue valioso y dio sentido a nuestra vida en ese momento?

Identificar estos valores y ser coherente con ellos nos da una base más estable y nos lleva a sentir al final de la vida que hicimos lo que teníamos que hacer, encontrando mayor tranquilidad. Por ello, tener un sentido de la vida bien definido facilita mucho la gestión de las crisis a cualquier edad (40, 50, 60 años).

En este sentido, usted habla de la importancia de los valores…

Sí, existe una diferencia clave entre objetivos y valores: un objetivo se consigue o no se consigue mientas que un valor es una orientación o brújula que nos guía.

Un ejemplo común es el de los jóvenes que acuden a consulta por no poder estudiar la carrera deseada (Medicina, Enfermería, etc.), lo cual es un objetivo. El valor subyacente a ese objetivo es el deseo de ayudar a la gente o tener un sentido prosocial. Ese valor se puede vincular de muchas formas, no solo siendo médico o enfermero; cualquier profesión de ayuda (psicólogo, trabajador social) o incluso actividades como colaborar en una ONG lo satisfaría.

Si funcionamos por objetivos (como gran parte de la sociedad moderna), sufriremos mucho porque el éxito nunca está garantizado. Si funcionamos por valores, es mucho más fácil ser feliz, ya que el valor es una orientación continua que nunca se agota, siempre aporta sentido y valor a lo que hacemos.

Para muchas personas, el apego a lo que fue o a quien ya no está se convierte en una fuente inagotable de dolor. ¿Cómo nos ayuda su metodología a transformar este recuerdo en gratitud en lugar de angustia?

Esto se aborda con la aceptación, que aplicamos a todo lo que no podemos cambiar, como la pérdida de seres queridos. La clave es buscar el agradecimiento aplicando el principio japonés de “una pérdida, una ganancia”.

Cuando ocurre algo negativo, nos centramos solo en ello, pero todo tiene un aspecto positivo o una ganancia. Del mismo modo, las situaciones muy positivas (como ganar la lotería) también tienen aspectos negativos. Es imposible que algo positivo carezca de negativo y viceversa.

Ante el fallecimiento de un familiar, la ganancia es la suerte de haber compartido la vida con una persona tan buena que nos aportó y ayudó tanto durante los años que estuvimos juntos. Aunque hubiésemos querido más tiempo, otros no tuvieron esa suerte.

Se trata de reinterpretar positivamente los sucesos vitales negativos, buscando lo positivo de lo negativo y sintiendo gratitud por lo vivido. Al principio cuesta, pero el entrenamiento en la aceptación y la compasión nos permite una visión más ecuánime de la vida, dándonos cuenta de que de todo hemos podido aprender, crecer y que todo ha podido ser positivo, aunque superficialmente pareciera negativo.

Usted es un gran defensor de técnicas como mindfulness; cuando el dolor físico está presente cada día, ¿cómo puede el mindfulness ayudarnos a cambiar la relación que tenemos con ese dolor?

El dolor es una experiencia compleja y múltiple con un aspecto sensorial, la percepción de los nervios, que se mejora con tratamiento farmacológico; y un componente cognitivo/afectivo que es lo que pienso sobre el dolor y las emociones asociadas. El mindfulness, como cualquier psicoterapia, es menos eficaz para la parte puramente sensorial, pero muy eficaz para la parte cognitiva y afectiva.

Lo que hace insoportable el dolor crónico es el componente cognitivo, el pensamiento de: “¿Tengo que aguantar este dolor toda la vida?”. El mindfulness permite centrarse en el aquí y ahora, y observar que el dolor está continuamente cambiando: sube y baja de intensidad, se mueve en el cuerpo. Esto nos ayuda a enfocarnos en lo que realmente ocurre, evitando la “catastrofización” con relación al dolor, por lo que resulta muy eficaz.

En el libro Adiós al sufrimiento inútil propone diversos ejercicios de meditación. ¿Cuál es un ejercicio sencillo para devolvernos a la conciencia del ahora y por qué es importante vivir en el presente?

Es importante vivir en el presente porque mucho de nuestro sufrimiento va ligado al pasado o al futuro. Yo siempre pongo el ejemplo de que ahora estoy en esta habitación y aquí no hay sufrimiento, pero si mi mente me secuestra y me lleva al pasado, a pensar en alguien que he perdido, o en algo de lo que me siento culpable, ya estoy sufriendo. O si mi mente me secuestra y me lleva al futuro, a pensar en algo me da miedo como la muerte o la enfermedad, ya estoy sufriendo, de ansiedad en el caso del futuro, de tristeza en el caso del pasado. Pero ese sufrimiento no existe, si yo simplemente vuelvo al presente no existe, porque el pasado y el futuro son los pensamientos en el presente sobre el pasado y el futuro. Entonces, el mindfulness te permite gestionar muy bien el sufrimiento ligado al pasado y ligado al futuro.

También habla del sufrimiento por contagio emocional. ¿Cómo podemos proteger nuestra paz interior de esta negatividad que nos llega del entorno?

El contagio emocional está ligado al apego que tenemos a nuestros seres queridos: querríamos algo imposible, que es evitarles el dolor y el sufrimiento. Pero debemos aceptar que todos los seres humanos vamos a sufrir, enfermar, envejecer y morir. Por mucho que queramos a alguien, no podremos evitar que sufra.

Sin embargo, sí podemos ofrecer nuestra presencia. Acompañar a alguien sin caer en el contagio emocional es un regalo increíble y fundamental. Porque que yo me contagie emocionalmente y sufra no beneficia a la persona que estoy cuidando.

Usted comenta que la espiritualidad, más allá de la religión, ayuda en el proceso de la muerte. ¿Qué tipo de enfoque espiritual puede ser más beneficioso ante la propia muerte o de seres queridos?

Los estudios indican que las personas con más miedo a la muerte son aquellas que carecen de una creencia definida, los que están en la duda sobre qué ocurrirá. Si uno tiene creencias espirituales o religiosas (y piensa que hay algo después), o si es un ateo estricto (y piensa que no hay nada), esa sensación de seguridad produce mayor tranquilidad.

La práctica de la meditación y el mindfulness genera una sensación de silencio que conduce a una conexión con el mundo, el universo, la mente. Independientemente de lo que uno crea, surge la convicción de que pertenecemos a algo mayor. Si se tiene esta experiencia, en el momento de la muerte, se siente que esa conexión persiste y que uno se unirá a algo más grande. No hace falta una creencia espiritual concreta; la propia práctica de estas técnicas genera una calma ante la muerte porque se percibe algo más grande que el día a día.

 

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