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Joan Garriga: “El dolor no nos gusta, pero es curativo”

Joan Garriga, terapeuta y formador en constelaciones familiares, terapia Gestalt, eneagrama, PNL y coaching sistémico, cofundó el Instituto Gestalt de Barcelona. En 1999, introdujo en España a Bert Hellinger, creador de las constelaciones familiares, y él mismo se ha convertido en uno de los principales exponentes de esta terapia en el país. Es autor de diversos libros con un gran éxito de crítica y tiene más de 200.000 lectores.

-¿Qué impacto ha tenido el Instituto Gestalt en el desarrollo de esta terapia en España y cómo ha evolucionado con los años?

Vicens Olivé, Mireia Darder y yo decidimos cofundar el Instituto Gestalt de Barcelona porque veníamos del ámbito de la terapia humanista y del movimiento del potencial humano, que se desarrolló en los años 1960 en California. Con el tiempo hemos desarrollado y trabajado con herramientas como la programación neurolingüística (PNL), los abordajes sistémicos, las constelaciones familiares, el coaching, la terapia breve estratégica (TBE)… Nos tocaron buenos tiempos, en el sentido de que en aquel momento éramos como la semilla de lo que estaba por venir, y lo que ha estado por venir ha sido una eclosión de personas buscando ayuda para conocerse mejor, para estar más en su centro, para tener un contacto más profundo con ellas mismas… Así que, hoy en día, es raro encontrar personas que no hayan hecho meditación o hayan buscado terapia psicológica para resolver sus problemas de ansiedad, trastornos del ánimo, etc.

-¿Todas estas terapias están integradas o son independientes?

En el tronco central estaría la llamada psicología humanista, que es como una especie de cajón de sastre que englobaba distintas herramientas como la terapia de Carl Rogers, el psicodrama, la bioenergética, el grito primal, el análisis transaccional, la terapia Gestalt, la programación neurolingüística… Luego nos abrimos a la dimensión sistémica y, en concreto, a la herramienta de trabajo de las constelaciones familiares. Lo que todas ellas tienen en común es que trabajan para el desarrollo de la potencialidad de cada persona.

-Tu último libro es Constelar la vida: Del amor ciego al amor lúcido, ¿qué te motivó a escribirlo y qué van a hallar los lectores en él?

Yo ya he escrito unos cuantos libros y este es el primero en el que trato directamente la teoría, la técnica, la actitud, la ética y la filosofía del trabajo de las constelaciones familiares. He querido compartir lo que he aprendido en mis 25 años de trabajo acompañando personas, parejas y familias en sus tránsitos existenciales o problemáticas. Para mí, el libro es una especie de homenaje a Bert Hellinger, a quien, en el año 1999, invitamos a Barcelona para que nos enseñara en qué consistían las constelaciones familiares. Esta herramienta terapéutica ha sido un método que se ha revelado bastante eficaz para encarar y resolver conflictos muy enquistados, porque analiza no solo lo biográfico, sino también lo transbiográfico o lo generacional. No obstante, como metodología ha sido muy criticada y cuestionada, porque tiene elementos difíciles de explicar. Además, ha sido un terreno abonado para que personas con poca formación hagan sus praxis no necesariamente muy contrastadas.

-Para alguien que no está familiarizado con el concepto, ¿qué son las constelaciones familiares?

Las constelaciones son una metodología para explorar cómo estamos vinculados con los demás. Yo creo que casi todo el mundo lo suscribe: lo que me pasa con mi padre, con mi madre, con mi pareja o con mis hijos tiene mucho que ver con los estados anímicos que tengo. Como metodología no es conversacional, sino que es representacional, tiene algo de teatralidad. Es decir, en lugar de hablar de mi padre o de mi madre, escenificamos en grupo el padre y la madre. De esta manera, podemos encontrar las dinámicas familiares que nos llevan a los problemas que tenemos y cómo restructurarlas para que nos conduzcan a soluciones.

Además, puede venir una persona que está en conflicto con su hermano y trabajar ese conflicto sin la necesidad de que esté el hermano. Ahora bien, si están los dos es mucho mejor, porque eso ya significa que el conflicto no es tan grande. La mayoría de las veces viene solo una persona y los problemas son del tipo: pareja, hijos, autoestima, depresión, falta de ganas de vivir, ansiedad, obsesiones… Es decir, las típicas problemáticas psicológicas, o bien cosas de la vida que no han podido ser integradas.

-¿Aquí también entra en juego el crecimiento personal?

A veces una persona está obstaculizada por situaciones del pasado que le impiden o le dificultan orientarse con fuerza hacia el futuro. Crecer personalmente significa realizar todo aquello que no pudimos permitirnos en nuestra infancia porque no era conveniente, pero que ahora como adultos podemos transformar para expandirnos en esta vida.

-En tu otro libro Decir sí a la vida: Ganar fortaleza y abandonar el sufrimiento das claves para vivir sin sufrimiento. ¿Qué prácticas recomiendas para mantener el bienestar emocional en el día a día?

Voy a decir algo un poco paradójico: hay que hacer el proceso para acabar integrando lo que la vida ha querido, aunque sea distinto de lo que uno hubiera deseado. La clave principal es saber vivir el dolor cuando toca. Si supiéramos sumergirnos y estar en el dolor cuando nos toca, sin convertirlo en rabia, sin convertirlo en victimismo, sin convertirlo en venganza, sin convertirlo en tantas otras toxinas emocionales, estaríamos más conectados con nosotros mismos y estaríamos más cerca de la salud y del amor. Porque la realidad es que, el dolor, cuando lo vivimos, nos mantiene cerca del amor. Se trata de poder navegar en el dolor, transitar en el dolor, para llegar a la orilla donde uno vuelve a estar construido en sí mismo. Los que no hacen el viaje del dolor acaban teniendo más patologías. El dolor no nos gusta, pero es curativo. El filósofo Emil Cioran decía que a la mayoría de la gente le falta la audacia de sufrir para dejar de sufrir. Hoy en día, consumimos tanto fármaco, tanto anestésico y tanto miramiento que somos frágiles y débiles para afrontar las adversidades y los reveses que inevitablemente la vida nos traerá.

-¿Cómo defines tu forma de hacer terapia?

Yo llevo muchos años, casi 40, dando terapia, y ha evolucionado mucho. Hoy en día, solo hago terapia grupal, ya no hago acompañamiento individual. En la terapia grupal si una persona dice: “me han diagnosticado un cáncer”, no es que vayamos a curar el cáncer, sino que vamos a mirar la función que la enfermedad puede tener dentro del manejo de nuestros aspectos emocionales, afectivos y vinculares. Generalmente, trabajamos el tema haciendo una constelación. Es decir, una persona representará el cáncer, otra representará al padre, la madre, la expareja, el hijo… Allí se escenifica y se buscan movimientos de solución, movimientos de integración, movimientos donde las emociones, que habían estado bloqueadas, pueden fluir, y generalmente el trasfondo que encontramos siempre es que hay amor en las personas y que lo más profundo es el cariño y las ganas de paz y reconciliación.

-¿Qué es lo que más disfrutas de tu trabajo y qué lecciones has aprendido tú de tus pacientes?

Tengo la ventaja de que hay nueve mil millones de seres humanos y que cada persona es singular, única y con una historia propia. Siempre es apasionante, retador y maravilloso conocer sus historias. Así que tengo el privilegio de no aburrirme nunca. Luego, uno aprende a convivir con lo más amoroso y bendito que hay en el camino de la vida y con lo más adverso, doloroso y traumático. Este trabajo te da musculatura para abrirte con fuerza a todas las dimensiones de la vida, ya sea desde la comedia o la tragedia. El aprendizaje es saber relacionarte con el lenguaje de la profundidad y con lo que verdaderamente cuenta en una existencia humana.

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