La curiosidad como motor de vida es una idea que Teresa Viejo ha convertido en una auténtica filosofía personal y profesional. Periodista, escritora y divulgadora, lleva años reflexionando sobre cómo la capacidad de seguir preguntándonos, aprendiendo y descubriendo nuevas experiencias puede influir en nuestro bienestar. Conversamos con ella sobre el poder de la curiosidad, la importancia de mantener una actitud abierta al cambio y las claves para seguir creciendo personal y emocionalmente.
– Tu carrera abarca periodismo, televisión, radio, literatura y divulgación. ¿Qué hilo conductor une todas esas etapas de tu vida profesional?
Sin duda la curiosidad. Ni siquiera sabía que era ella la que me impulsaba a explorar un nuevo territorio, pero siempre he sabido cuándo estaba completando un ciclo y debía abrirme a nuevas posibilidades… recuerdo que era una desazón, un malestar físico que me empujaba a seguir aprendiendo. El periodismo dio forma a esa inquietud vital; la radio me enseñó a preguntar y escuchar; la televisión a observar sin juicio; la literatura, a profundizar en la esencia humana; y la investigación me confrontó con la energía que había impulsado lo anterior. En realidad, toda mi trayectoria podría explicarse como una larga conversación con la curiosidad.
– Has trabajado en medios de comunicación muy diversos. ¿Cómo ha cambiado la forma de comunicar y conectar con las personas a lo largo de estas décadas?
¡Todo ha cambiado! La tecnología facilita el trabajo y lo democratiza, pero la sobrexposición a la información no implica que esta sea mejor ni que contribuya al crecimiento de las personas. Me preocupan especialmente dos males contemporáneos: una “infoxicación” que nos expone a un exceso de mensajes sin que hayamos entrenado el criterio para valorarlos y un déficit de atención que ha permeado a la sociedad y no solo deja datos deplorables en el Informe PISA: generará un problema de salud pública al contribuir al deterioro cognitivo de generaciones enteras. Soy muy crítica con esto. La gran paradoja es que nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, cada vez resulta más difícil conseguir atención, conversación y vínculo. Comunicar bien no consiste únicamente en emitir mensajes, ni siquiera en generar interés, hay que alimentar la confianza y la credibilidad, por eso en un mundo saturado de respuestas, utilizar la curiosidad para conectar es una gran competencia.
– Te has convertido en una de las principales voces sobre la curiosidad. ¿Cómo nació ese interés y qué descubriste durante tu investigación?
Estaba en mí mucho antes de que empezara a investigarla. Como había sido mi herramienta de trabajo, de una forma muy orgánica quise saber más sobre ella, sobre todo por qué no la utilizamos más o algunas personas no la muestran, incluso pensaba erróneamente que era un rasgo de personalidad. Entonces comprobé lo que había avanzado la ciencia en su estudio y lo atrasados que estábamos en España, que solo la contempla en el ámbito académico o, en un sentido negativo, cargándola de prejuicios. De ahí pasé a formarme y acreditarme en distintas metodologías, impartir conferencias, diseñar mi propio método y volver a la universidad para realizar un doctorado en psicología. En este tiempo he descubierto lo prodigiosa que es la curiosidad: cuida de nuestra salud frenando el deterioro cognitivo, nos ayuda a dar sentido a la vida, activa el aprendizaje habilitando nuevas capacidades en el trabajo, con conecta con otras personas frenando el juicio y el miedo al rechazo, controla el miedo a la incertidumbre y lo sustituye por apertura al cambio…
– ¿Crees que la curiosidad puede entrenarse a cualquier edad?, ¿qué beneficios aporta especialmente en las etapas más maduras de la vida?
Absolutamente, no es una conjetura porque lo sostiene la evidencia científica. Admito que hay personas con mayor predisposición, pero podemos entrenar comportamientos que nos abran a ella y alguno sería, además, muy útil para alcanzar un mejor entendimiento en nuestra sociedad: conversar con personas que no piensan como nosotros evitando el prejuicio hacia ellas y hacerlo activando las preguntas.
A medida que cumplimos años se convierte en una vacuna para frenar el deterioro cognitivo (aprender algo nuevo cada día, conversar con desconocidos, enfrentar cada problema con ánimo apreciativo y volverlo un reto), hasta el punto de que a veces sugiero a los médicos que la recomienden en su consulta y, estando de acuerdo, también lamentan que las personas busquen soluciones en forma de pastilla en lugar de comprender que tenemos la voluntad de cambiar hábitos en aras de conseguir más bienestar y mejor salud.
– ¿Qué te sigue despertando curiosidad cada día?
Cualquier cosa. Desde cómo hacer de una botella de vidrio un jarrón hasta la física cuántica o desentrañar el asesinato en una novela. Las personas y por qué hacen, piensan y sienten de un modo que, a veces, les lleva a sufrir o hacen sufrir a los demás. Soy un animal altamente curioso que ha aprendido a disolver sus momentos de tristeza o desasosiego curioseando.
– Tus libros combinan reflexión, investigación y experiencia personal. ¿Qué temas te interesan hoy especialmente como autora?
No pensé que volviera a escribir no ficción porque mis últimos cuatro libros habían sido novelas (he publicado ocho) y disfruto mucho creando egos y mundos de ficción… es un juego muy divertido. Pero se cruzó “La niña que todo lo quería saber. La curiosidad: claves para una vida más inteligente y feliz” y tuve que crear un lenguaje nuevo, de ahí esa mezcla que comentas, no servía el lenguaje científico de la tesis doctoral. Ahora el cuerpo me pide escribir novela porque lo echo de menos; tengo un par de historias madurándose desde hace tiempo y espero encontrar el modo de darles forma.
– Desde la presidencia de la Fundación Diversidad, ¿cuáles son los principales retos que observas en materia de diversidad e inclusión en nuestro país?
El mayor es conseguir que la diversidad deje de contemplarse como una cuestión de cumplimiento o de reputación y pase a ser una cuestión estratégica. En España hemos avanzado mucho en sensibilización, pero queda camino para transformar la intención en acción. Por eso es tan importante activar la cultura de la curiosidad en las empresas y formar a directivos con el modelo de Liderazgo Curioso, de este modo sería más fácil lograr que la diversidad pueda expresarse, que todos y todas participen de ella y sientan el valor diferencial que aporta. Además, impacta en la cuenta de beneficios, es un hecho demostrable.
– ¿Qué papel pueden desempeñar las personas senior en la construcción de entornos más diversos e inclusivos?
Enorme, no olvidemos que hablar de diversidad incluye la generacional, para no malgastar gran cantidad de conocimiento y experiencia. Las personas senior aportan perspectiva, memoria organizativa, criterio, capacidad de acompañamiento y una comprensión de los ciclos que resulta muy valiosa en momentos de incertidumbre, es como si observaran cualquier situación de forma holística; no se trata solo de transmitir experiencia: son la amalgama de los equipos. Además, si una persona senior continúa aprendiendo y alimentando su curiosidad puede ser extraordinariamente innovadora. Las organizaciones inteligentes deberían conseguir que generaciones diferentes aprendieran unas de otras, no que compitieran entre ellas.
– A menudo se asocia la innovación y la curiosidad exclusivamente a la juventud. ¿Cómo podemos combatir el edadismo y hacer entender a la sociedad (y a las empresas) que la experiencia combinada con la curiosidad es el verdadero motor del cambio?
Este es mi propósito y mi empeño día a día: extender una cultura de la curiosidad que haga a las empresas más innovadoras y competitivas y dote de capacidades a las personas, con independencia de su edad. Asociar la juventud a la innovación y la edad a la resistencia al cambio es peligroso, porque innovamos no en función de nuestra fecha de nacimiento si no de nuestra capacidad de preguntarnos, aprender, probar… solo perdemos el temor a lo nuevo si hemos identificado antes las creencias que nos llevan a rechazarlo y las educamos en el sentido que deseamos.
A veces me dicen: “es que yo no quiero cambiar, quiero que todo siga como está”, y les respondo con claridad: “eso es imposible. El cambio es inherente a la existencia. Cualquier resistencia para admitirlo nos lastima y, si no lo aceptamos, terminamos sufriendo”. He visto personas jóvenes con un mindset muy rígido y mayores de 70 u 80 que no dejan de explorar. Experiencia sin curiosidad es repetición y curiosidad sin experiencia nos aboca a falta de criterio. La fórmula ideal es experiencia + curiosidad.
– ¿Cómo imaginas el futuro de la comunicación, el liderazgo y las relaciones humanas en una sociedad cada vez más tecnológica?
Cuanta más tecnología, más valor tendrá lo que nos hace profundamente humanos. Soy moderadamente optimista porque gracias a ella dispondremos de un bien valioso: el tiempo, pero responsabilicémonos acerca de para qué lo emplearemos. ¿Hacer scroll o para entrenar el liderazgo o el desarrollo personal? La comunicación como modo de interacción personal requiere de escucha, comprensión, confianza, es decir competencias que se realizan entre personas no a través de una máquina, cuanto antes entendamos el lugar que tiene que ocupar la tecnología -procesando información o automatizando tareas-, más fácil será cohabitar con ella. El peligro reside en la confusión: idealizar el intercambio de información que se establece con una IA elevándolo a una conexión resulta ridículo. Espero que en este futuro muy cercano empecemos a valorar a las personas no por las respuestas que dan, sino por la calidad de las preguntas que son capaces de hacerse. La curiosidad es una competencia esencial.


