Teté Delgado es una fuerza de la naturaleza que lleva décadas habitando nuestros televisores y escenarios. Actriz, cantante y presentadora, su trayectoria es un viaje vibrante desde la psicología que nunca ejerció hasta el rock and roll de Teté y los Ciclones. Hoy, consolidada como artista, Teté no solo sigue activa en los escenarios, sino que se ha convertido en una voz contra el edadismo desde la Universidad de Vigo, demostrando que cumplir años es, en realidad, una forma de ganar libertad.

–Teté, te hemos visto en el teatro, el cine, la televisión y liderando una banda de rock. De todos esos escenarios, ¿en cuál sientes que emerge la Teté más auténtica?
Depende de la historia que tengas que contar, de los compañeros que te ayuden a contarla y de quien dirija. Si la materia prima es buena, casi que me da igual el medio. Cuando tenía la banda musical Teté y los ciclones era una descarga de adrenalina brutal porque eran canciones escritas para mí; yo era la ideóloga y el letrista las hacía a medida, así que las cantaba con toda la convicción del mundo y disfrutaba mucho. Pero el teatro… el teatro es la leche. El escenario te permite jugar sin cortes, ves al público ahí mismo, notas sus reacciones, su respiración… y eso es una maravilla.
-Estudiabas Psicología y decidiste dejarlo todo por las artes escénicas. ¿Cómo se gestiona ese salto cuando no se tienen referentes cerca?
Yo crecí en el pueblo de Porriño, en Galicia, y allí no tenía ningún referente artístico. Todas las manifestaciones que veía llegaban de Madrid y yo no creía que alguien como yo pudiera dedicarse al arte. Pero, en el fondo, yo ya lo hacía: organizábamos obras de teatro en los bloques donde vivíamos y la gente bajaba con las sillas de la playa a ver qué habían montado sus niños. Yo era promotora, ideóloga y actriz de cuentos infantiles y espectáculos de magia. Luego pasábamos la pandereta y a merendar tan panchos con el comediscos. Ya se me notaba la vocación, pero no fue hasta que vi a Siniestro Total en la tele que pensé: “Oye, igual sí puedo, porque ellos son ‘de aquí al lado'”. En casa me empujaron a la psicología pensando que era lo mejor para mí, pero estudiando en Santiago se alinearon los astros, empecé a trabajar como actriz y entendí que ese era mi destino.
-En televisión alcanzaste una popularidad masiva con la serie El Súper. Mirando atrás, ¿cómo recuerdas esa explosión de fama?
Hicimos 700 y pico capítulos y pasé a ser conocida en toda España de la noche a la mañana. Fue la puerta a que me llamaran para muchísimos más proyectos. Tuve unos años de no respirar casi, pero me permitió algo fundamental: ganarme la vida como actriz. Aquello salió cuando tuvo que salir; la vida te va llevando y hay que saber surfear la ola.
-Sabemos que la música es tu gasolina. ¿Sigue siendo el Rock & Roll el mejor antídoto para mantener la energía alta?
Ahora es difícil coincidir con la banda original porque vivimos muy alejados los unos de los otros, pero sigo con la música. Cuando hicimos el programa ‘Incombustibles’, un formato audiovisual de innovación social intergeracional creado por Xaime Fandiño, teníamos una banda en directo, Deteriorados. Tocábamos Blues heroico del delta del Morrazo con instrumentos no convencionales. Esa banda se desintegró, pero Xaime y yo vamos a seguir tocando; estoy aprendiendo a tocar la tabla de lavar porque me apetece seguir explorando.
-Con Xaime Fandiño formas parte de la cátedra de edadismo de la Universidade de Vigo. ¿Qué le falta a nuestra sociedad para que cumplir años sea motivo de orgullo?
Fíjate en mi padre: con 80 años hizo la travesía de las Sisargas a mar abierto. Es mucha la gente mayor que se reinventa o emprende. La clave es no meterse en un gueto. Tenemos que seguir subidos al tren de la vida sin arrinconarnos. Y un mensaje para todos: la gente de cualquier edad que no sepa manejarse con la tecnología, ¡que aprenda! Porque los cursos no deben ser “para viejos”, sino para gente que no sabe, tenga la edad que tenga. En la cátedra siempre decimos que la verdadera vacuna contra el edadismo es lo intergeneracional. Los equipos funcionan mejor cuando no se desdeña la experiencia de la edad y se mezclan las energías de jóvenes y mayores para aprender los unos de los otros.
-¿Qué es, para ti, lo mejor de ir sumando años?
Te da perspectiva, calma mental y te quita la ambición en el buen sentido. Ya no corres detrás de ser “la mejor actriz del mundo” para que todos lo sepan; aprendes que tienes más vida que tu trabajo y te apetece hacer cosas que antes no pudiste. No me ha asustado nada cumplir los 60, al contrario, ¡pensé que había que hacer una buena fiesta! Yo me siento igual que al salir del instituto, pero con el bagaje de haber vivido mucho. Si no has aprendido nada en 60 años, algo falla. La personalidad madura, pero la vitalidad sigue intacta.
-A menudo se critica la “invisibilidad” de las mujeres en la industria al envejecer. ¿Se está rompiendo ese techo de cristal?
Las mujeres sufrimos el edadismo y el machismo a la vez. Los hombres cumplen años y son “maduros interesantes”, pero parece que nosotras debemos mantenernos jóvenes a la fuerza. Me gustaría que nos dejaran envejecer con dignidad, sin bombardeos de cremitas antiaging… Por suerte, cada vez hay más mujeres guionistas escribiendo papeles interesantes para nosotras y directoras que quieren contar nuestras historias reales.
-¿Qué es lo último que has aprendido de ti misma?
He aprendido a elegir mis batallas. Ahora ya sé con quién no quiero discutir; entiendo que por ciertas cosas no vale la pena batallar porque no vas a sacar nada. Ves todo desde un prisma más relajado. El problema de hacerse mayor es cuando aparecen patologías y pierdes independencia, pero no hay que homogeneizar: hay personas de 80 años con experiencias que te dejan patidifusa. A veces nos cortamos nosotros mismos pensando que hay cosas que ya no podemos hacer, pero hay que seguir haciendo lo que te apetezca. Como dice Clint Eastwood: “Que no se te meta el viejo dentro”.
-¿Qué proyectos tienes todavía en el tintero?
¡Muchos! Quiero viajar más, tener un pequeño observatorio en casa, pasear por la playa, aprender a hacer surf… No le tengo miedo a la jubilación porque puedes seguir en activo si es lo que quieres. A nivel artístico, me encantaría volver a hacer un musical como Galicia Caníbal, me lo pasé como una india. Y también me gustaría que me dieran más oportunidades para hacer personajes que no sean de comedia; papeles intensos y complicados que he podido interpretar en contadas ocasiones. Sigo con mi curiosidad intacta y con una energía parecida a cuando aprobé el instituto y sentí que podía comerme el mundo.


